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     LA GALICIA BLANCA

 

Después de pasar dos años en la aldea, en la tierra verde, que muy noblemente nos recibió partimos. Dejamos nuestro Pontenafonso y su aroma de leña, nuestras visitas a la Taberna de Suárez y sus cantares, nuestras caminatas en el bosque donde nos perdíamos durante horas y no hacíamos mas que hablar, y hablar, y soñar, y hablar y pensar y pensar durante todo el recorrido hasta llegar a casa. Dejamos nuestras vistas al río, y a los cuervos y gaviotas, y los pájaros negros con blanco. Dejamos los saludos matutinos a María José, las llamadas de Juana, la huerta, las uvas, el limonero y el árbol donde colgamos la hamaca. Dejamos los recuerdos de Isolda y sus pulgas, y la maravillosa estufa de leña. Dejamos nuestras eternas conversaciones en el patio junto al río, los muros pintados, la luna, tender la ropa al sol. Dejamos nuestra ruta a la Serra de Outes por el monte y sus flores del camino.

Partimos con nuevas ilusiones, con sueños por construir.. y también con dolor y nostalgia.

 

Y así llegamos a otra parte de Galicia, la de las ventanas blancas y la plaza grande, cerca de la ciudad. Ahí mismo desde casa viendo a la plaza contemplamos la vida del pueblo en sus ir y venir, en sus lluvias y colores, y la vida de taller.

 

Emprendiendo un nueva ruta, donde el pequeño camina en la plaza, y los sábados por la noche escuchamos la marcha desde la habitación. Seguimos andando, construyendo un nuevo capitulo de nuestra vida. La que comparto hoy aquí con ojos vidriosos al recordar lo que como un sueño quedo, nuestras vivencias en el paraíso, en la tierra verde, en ese recóndito lugar del mundo, lo que parte de nosotros se quedo ahí y esta nueva etapa de un sueño que inicia y quien sabe a donde nos lleve construyendo nuevos quereres, nuevas ilusiones.